
Romúnculo Gonpérez disfrutaba sobremanera de sus visistas a la playa. Le gustaba observar de soslayo los exíguos bikinis con la perversa idea de ver lo que las propietarias no querían ni que imaginara.
Nunca llegaba a la playa sin sus desgastadas palas de madera con las que infructuosamente trataba de emular a sus dos grandes ídolos: Ivan Lendl y Lorenzo Lamas.
Entraba en la arena como un victorioso gladiador en el circo, luciendo su panza y alardeando de un entendimiento por estrenar, acompañado de su inseparable gorra que publicitaba fertilizantes y luciendo en la mano sus adoradas raquetas playeras.
Enseguida se instalaba y revolvía en su bolsa playera. Tenía bolas de todo tipo. Bolas rápidas, bolas lentas, bolas de colores y bolas silenciosas. No definitivamente, silenciosas no las tenía, por mucho que lo indicara en el paquete de bolas "made in China".
Las bolas silenciosas sólo existían en la imaginación de las docenas de personas que tenían la desgracia de ir a pasar un rato de relajado descanso a la pista privada de entrenamiento de Romúnculo, situada en la mismísima orilla del mar.
Esa mañana de Mayo el sol en su cenit aplanaba implacable a los involuntarios espectadores de Romúnculo y su improvisado contrincante; a la sazón: joven, callado, esbelto, de movimientos precisos y sexualmente exitoso. Diríase que no eran animales de la misma especie. Más que una competición de tenis arenoso era una demostración circense entre Adonis y un jabalí casi amaestrado, que corría detrás de las ruidosas bolas hasta que el agua le cubría el hemisferio sur por completo.
-Vamos aprendiendo, se auto animaba Romúnculo con su voz estentórea. Mientras que por las cabezas de los cada vez más hastiados espectadores circulaba la idea de que si en cincuenta y siete años no había aprendido, probablemente no aprendería en los siguientes cuarenta que le pudieran quedar.
Nadie osaba asomar el semblante de debajo de la sombrilla, salvo el tiempo imprescindible para zambullirse en el todavía fresco mar o para recuperar aliento y fuerzas en el grasiento chiringuito.
A las trece horas de ese jueves de Mayo el mar se silenció. Ni las olas querían acercarse a la cancha que Romúnculo se había asignado al borde del mar. Doscientos setenta y cinco ojos estaban clavados fijamente en Romúnculo.
Se silenciaron los vendedores de refrescos, los comadreos de cordobesas fondonas. Los niños dejaron de cruzar correteando por medio de las toallas. Nadie sacaba una sandía fresquita de la nevera. El aire se detuvo y se espesó como negándose a transitar por las gargantas de los espectadores.
Entre toda esta conmoción sólo había un sonsonete constante, rítmico, que laceraba el interior de los cráneos de todos los presentes: plac, plac, "con la isquierda", plac-ploc, "semascapao", plac, plac, "Ah", plac...plac-plac, "Ein", plac, "perfecto", plac, "Mmptf", plac, "esasí", plac, "tomah", plac.
Y el escalofrío helado en medio de la canícula rompió el tiempo, rajó el cielo desde la nada y fulminó la raqueta de madera, el brazo de Romúnculo y el resto del cuerpo. Dejando un agradable olor a barbacoa y un delicioso silencio.
Bigonio Lúminez, "el tuerto", le relataba el trágico fin de Romúnculo a un amigo en el tanatorio, a la espera de una segunda incineración.
-¡Qué lástima que haya acabado así! Era un buen hombre, algo pesado, pero de buen corazón - continuaba Bigonio con su relato- Era bueno, aunque nunca le vi convidar a un trago y eso que él se pasaba con el vino cada tres días -dando con el codo a su amigo- Pero no se metía con nadie.
Tras una corta pausa reflexiva, continuó Bigonio, cada vez más desenfadado.
-Nadie, que no fuera de su familia, porque los tenía firmes como en una dictadura. Su palabra siempre era la que valía, aunque estuviera equivocado o no tuviera ni idea de lo que hablaba.
Se volvía a lamentar Bigonio - Pero, era un buen hombre.
-Excepto cuando se ponía violento, ¿eh?- apostilló su amigo.
De nuevo se hizo el silencio playero. Y un mismo pensamiento recorrió las cabezas de los dos contertulios "Romúnculo, púdrete en el infierno, cabrón"