Mira el mundo. Viaja. Conócelo. Aprende de lo que veas y enriquécete con lo que sientas. Está ahí. La vida es corta y tienes que aprovechar a conocer todo el mundo que puedas, antes de que no puedas.Nos dicen que es pequeño, porque cabe en la pantalla de la TV. Desde el espacio se puede ver la mitad de sólo un vistazo. En los libros que estudiaste lo puedes ver entero y deformado con menos esfuerzo.
Es pequeño. Antes era un reto darle la vuelta en 80 días. Hoy lo podemos hacer en unas horas si tenemos el suficiente dinero. Pero lo recorres de forma irreal. Al final estás en el mismo sitio del que partiste. Y lo único que has ganado son unas formidables vistas. Pero cuando reposas y meditas sobre la experiencia te puede asaltar la duda, de que quizás no sea tan pequeño, quizás en tanto sitio, con tantos miles de millones de personas, puede que haya otras formas de ver la vida diferente a la tuya.
En cualquier viaje si sólo vas pendiente del lugar al que quieres llegar y no disfrutas de lo que te encuentras en el camino, estás perdiéndote una parte importante de tu vida.
La responsabilidad que se adquiere con los años pesa y nos lastra como un ancla. Hijos, amigos, familia, las comodidades, la rutina sedante. Cuanto más tiempo pasa, más nos acostumbramos al entorno en el que estamos. Y si éste te satisface hace más complicado, que no imposible, que puedas moverte por otros sitios. Descubrir otras culturas, encontrar otras gafas con las que mirar la vida.
Siempre nos queda la ilusión del turismo. De poder conocer lugares exóticos, recónditos, o de "visita obligada". Pero eso es sólo un sucedáneo, si te limitas a dejarte llevar como un corderito.
Puedes ir a cualquier lugar del mundo en plan turista y encontrar pequeñas diferencias en la decoración de los hoteles, en los colores de los taxis, si los hay. Pero con eso no consigues empaparte mucho de lo que hay alrededor.
De todos modos siempre es enriquecedor ir a otro sitios. Y está hecha la mitad del trabajo. Hay gente que se queda en eso y regresa como si volviera de las rebajas de El Corte Inglés, con la visa vacía y cargada de bolsas. Y con las correspondientes fotos acreditativas de su viaje. Y hay gente que manda a freír puñetas al que vende las excursiones y se decide a dar una vueltecita por su cuenta y riesgo. Riesgo que hay que tener muy bien medido porque meterse en un sitio desconocido, solo, en ocasiones es como llevar un cartel en la espalda en el que pone "soy un pringao, tímenme y si no saben que hacer conmigo avisen a los criminales de la zona".
Lo que quiero decir es que siempre que se pueda conviene ser algo más que un turista.
Viaja. Viaja. Viaja. Sobre todo si eres joven. Aprovecha. Vuela. Mira el mundo desde arriba, con perspectiva y encontrarás un lugar en el que hacer un nido de tu agrado. Sé feliz dónde tu quieras y no dónde te digan.
Es tan importante viajar que las famosas becas Erasmus debería ser algo inexistente. No es una contradicción. Tranquilo viajero universitario. No quiero arrebatarte tus fiestas locas, llenas de drogas, sexo y confidencias en idiomas extraños. Lo que debería hacerse es que fuera obligatorio que en la formación académica se visitaran varios países. No sólo para tener sexo en varios idiomas, tampoco se aprende mucho... si no para que tengan una visión más cosmopolita del mundo real en el que vamos a vivir. No sólo por la competencia despiadada entre empresas transnacionales y grupos de poder extranjeros -el concepto patriótico de país se irá diluyendo con el tiempo- Si no por la formación humana.
No quiero que parezca que el viaje sólo está destinado a la élite universitaria. En todos los niveles educativos se debería obligar a que las personas cambiaran una temporada su lugar de residencia.
Es necesario que cuando se tiene el vigor intacto, las ilusiones al máximo, la inocencia poco mancillada, salgamos a pegarnos con el mundo. A descubrir que el cuento de hadas que nos cuentan es mentira. A mancharnos la piel con las vivencias de gente que no podíamos imaginar que existe. A abrir la mente a otras realidades. A defendernos de localismos absurdos encaminados a repetirse una y otra vez basándose en el aislamiento y la represión. Vuela por encima de los que te critican. Descubre el mundo con tu propio sudor. Demuestra lo que puedes valer o aprender de verdad. ¿Qué puede suceder? ¿Que fracases? Salir de tu minimundo ya es un éxito. Inténtalo. Al final siempre podrás volver al lugar del que saliste y aunque no lo creas siempre tendrás alguna historia que contar. Y esa historia, por sencilla que sea la escucharán, aunque te echen en cara neciamente tu viaje de ida y vuelta. Y lo importante es que dentro de ti sabes que el viaje no fue inútil.















